Thursday, June 7, 2007

¿PARA QUE VERSICULOS CON SEMEJANTE ARTÍCULO?

Acaba de llegar a mi correo, uno de esos textos que lo dejan a uno con las babas escurridas de la pura provocación, y con la pregunta idiota de ¿Cómo no fui yo quien escribió esto, si me sucedio igualito carajo?
Es del colombiano Ignacio Ramírez, y publicado en su reconocido diario virtual CRONOPIOS, que aterriza hace varios años en la pantalla del computador de más de cincuenta mil suscriptores en los cinco continentes, y algunos hemos convertido en la mejor manera de comenzar el día. Ramírez, estuvo en Miami el año pasado, en un viaje milagroso, si se tiene en cuenta su precario estado de salud, y escribe desde su trinchera en Bogota. Periodista, ex columnista de la revista dominical de El Tiempo (diario de mayor circulación en Colombia), escritor, guionista de cine, gestor cultural y organizador de mas de veinte encuentros internacionales de arte en todo el mundo, poeta acabado de salir del closet, y sobreviviente increíble de varias desgracias macondianas, entre ellas, una mordedura de cocodrilo en plena mejilla. Casado en tiempos de marras con una princesa de la casta indigena WAYU, con la cual tuvo sus hijos, hombre de palabra hasta la medula, encantador de serpientes y otras magias, en fin, una de esas personas por las que vale la pena haber encarnado en este valle de lagrimas.
Mi querido Ignacio, de quien me atrevo a decir que poseo el privilegio de su afecto y depositario de toda mi admiración, no pude resistirme a mostrarte en mi blog.

Una de tus mujeres de palabra,
Marta Sepulveda Gongora


LA ORDEN SECRETA DE ENRIQUE MOLINERO

Por Ignacio Ramírez*
Director de Cronopios

Hoy 7 de junio cumple sus primeros 27 años de eternidad el compañero socarrón Henry Miller, quien en sus mejores tiempos de polígrafo puso a temblar de miedo al imperio de la supuesta libertad, hasta el punto de prohibir la circulación de sus libros en territorio norteamericano, que ahora (¿quién los entiende?) se enorgullece de ser patria de ilustres libertinos como este gocetas que de trópico en trópico descongeló lo fríos corazones de sus detractores y de paso aireó a un mundo a punto de la asfixia.

¡Quién lo creyera! El cable internacional trae una contundente noticia literaria que va a sorprender a muchos, como ocurre todos los años: "después de aparente decadencia en el gusto de los lectores norteamericanos, los libros de Henry Miller, uno de los más grandes autores norteamericanos de todos los tiempos, resurgen a comienzos del siglo XXI como los más vendidos y leídos".

A ese adorable viejo calvo marrullero, debo el honor de haber sido expulsado, años ha, del Colegio Santo Tomás de Aquino, de Bogotá, y la decisión de no pisar jamás, de nuevo, un colegio, y dedicar la vida a leer y gozar porque el mundo se iba a acabar.

Hacía el quinto de bachillerato cuando en plena misa obligatoria el prefecto de disciplina me descubrió leyendo "Trópico de Cáncer", lo tenía subrayado en todos los párrafos lujuriosos, pero algún duende de aquellos que protegen a los pícaros, hizo que se fijara solamente en dos renglones magníficos: "No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo". El cura sonrió y se quedó con el libro.
Debió devorarlo porque al día siguiente, en clase de religión, reveló a mis cuarenta compañeros de salón, la magnitud de pervertido que tenían al lado, lector de porquerías sexuales, amigo de autores prohibidos.

Fue la mejor campaña publicitaria a mi favor. Todos en el curso, a excepción de los sapos que nunca faltan, querían que les hablara de los temas en referencia. Y yo, que por primera y única vez en la vida sentía el aura de la popularidad, simplemente me conseguí otro volumen de "Trópico de Cáncer" que fue pasando de mano en mano, de salón en salón, de pupitre en pupitre, de baño en baño.

Nunca he conocido nada tan suscitador como aquello: de "tercero" para arriba no había otro tema en los recreos, ni en los cuchicheos. Tanto, que tuve que acudir a mi temprana vocación de traductor y bautizar en castellano a Henry Miller, quien en adelante y para siempre sería Enrique Molinero.

Germán Thiriat, Augusto Samper y Mauricio Londoño se entusiasmaron de tal manera que propusieron crear la orden secreta de "Los devotos de Enrique Molinero", benemérita congregación que se consolidó tan pronto, que no tardó en enterarse el Padre Torres, rector entonces, quien desde su palco omnipotente, con dominio al patio principal y frente a los mil doscientos alumnos proclamó mi expulsión por "corruptor de compañeros, aficionado a lecturas que envenenan el alma, cunden como la cizaña y propician el pecado mortal".

Creo que ese ha sido uno de los días más felices de mi vida. Hoy, al leer la gratísima noticia de la resurrección del Coloso, a quien los bobos postmodernistas miran por encima del hombro mientras les escurre la baba de la envidia, me siento de nuevo tan feliz como en aquella inolvidable mañana en que me echaron del Santoto. Miller ya me lo había dicho: "Un día entré en la oficina, tomé todas mis cosas, las que puse en un portafolios y le dije a mi ayudante: 'Dile al jefe que me voy ya mismo y que no quiero mi sueldo de estas dos semanas'. Fue un pandemonium. Me fui ese día y me sentí un hombre libre". Hoy, con la buena nueva, brindo por el obsceno Dios de los trópicos, las naranjas, los sexus, los plexus y las pesadillas en los cuartos de aire acondicionado.


* Ignacio Ramírez, hijo de Miller. Gracias. Adiós.

2 comments:

Edwin Yllescas said...

"Es necesario aprender lo que necesitamos y no únicamente lo que queremos."
GRACIAS DAMA DE LAS PALABRAS !!.

Edwin Yllescas said...

"Es necesario aprender lo que necesitamos y no únicamente lo que queremos."
GRACIAS DAMA DE LAS PALABRAS !!.