Monday, June 4, 2007

EL SECUESTRADOR IDEALISTA

El jefe de la banda de secuestradores estaba eufórico el día de la cita para el pago del rescate. Habían pasado tres largos meses y una sola noche interminable de sufrimientos para la víctima y la familia pero el jefe guerrillero parecía embriagado en su concepto muy personal del heroísmo.

Cuando le entregaron el dinero en efectivo, en dos bolsas plásticas oscuras, coincidencialmente de las mismas utilizadas para botar la basura, alguien de los negociadores preguntó si querían contarlo. “Estamos entre gente honorable, estamos entre gente honorable”, se anticipó a responder el cabecilla de los plagiarios con falsa cortesía, como si tuviera que decir dos veces lo mismo para que le creyeran.

El padre escuchaba atento con deseos de hablar pero no decía nada, nada. “¿Honorable?”, se preguntó mentalmente. Todavía tenía las marcas de las cadenas que lo inmovilizaron del cuello a la pata de un camastro. Tampoco podía olvidar que para aterrorizar y presionar a la familia, en medio de la agonía del cautiverio, un día decapitaron un gallo y le untaron la sangre viva en la cara y la camisa. Esa fue la fotografía que enviaron con la exigencia del rescate. La familia se imaginaba lo peor.

El jefe de los secuestradores continuaba con el uso de la palabra. Nadie le contradecía. Como una justificación, les repitió a los concurrentes que eran unos afortunados: “Ustedes son unos afortunados –les dijo-, ustedes son unos afortunados porque dieron con nosotros que somos unos idealistas”. El padre no aguantó mas y explotó: “¡Qué tal que fueran unos hijueputas!”.

Todos quedaron en silencio. El idealista miró confundido por un instante que pareció eterno pero suficiente para que la familia del secuestrado desapareciera de la escena del crimen.

Jaime Horta Díaz
hortajaime@hotmail.com


(Incluyo el e.mail de Jaime, si tienen algo que decirle, escribanle.)

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