Thursday, September 20, 2007

ADOPTE UN HERMANO MAYOR

Hay momentos en que ya no aguantamos el peso que nosotros mismos -tristemente es decirlo- nos hemos echado sobre el lomo. Vamos por la vida como recicladores, recogemos cuanto desperdicio, asunto, persona, motivo, dolor y disculpa, robado, prestado, adoptado, secuestrado, regalado o heredado, no importa. Coleccionamos cualquier cosa que nos permita juzgarnos con dureza o hacernos cargo de asuntos que muchas veces no nos pertenecen. Por qué?

Alguien dijo alguna vez, que el hombre es el único animal que se juzga y se condena muchas veces por la misma falta. Y es cierto. Si un perro en la calle, tiene problemas con otro, simplemente se traban en una pelea que no termina hasta que uno de los dos se rinde, o es intimidado de tal forma que decide huir. En el peor de los casos, si los dos son camorreros y ninguno está dispuesto a ceder, pues la cosa se va a mayores y solo hay un final cuando uno de ellos cae al suelo, inconciente o muerto. PERO HASTA AHÍ. Si ambos sobreviven, y se encuentran nuevamente, recuerdan de inmediato el veredicto del pasado y cada uno asume su rol, el que ganó ganó, y el que perdió se retira y ya. Sin alborotos, sin lágrimas ni aullidos de reclamo, sin alegatos de conclusión, memoriales de agravios, pliegos de peticiones, en fin, sin nada de los que los humanos hacemos para seguir en la misma película.

Hace unos años, conocí al escritor uruguayo Carlos Arboleda, melómano empedernido, amigo de sus amigos, y enemigo de sí mismo por aquella época. Venía buscándose en una travesía iniciada en Montevideo y que ya iba por Ecuador, cuando me abordó con uno de esos piropos latinos que quizá consideraba el más efectivo de su portafolio. En todo caso, el cuento va a que nos hicimos amigos, ambos participábamos de un encuentro literario en la ciudad de Manta bajo el abrigo del patriarca cultural Horacio Hidrovo y de la Universidad “Eloy Alfaro”. Fueron días que ninguno de los que estuvimos allí olvidaremos, porque además de un espacio para exponer nuestros trabajos, nos regalaron amor a chorros de la mañana a la noche. Los escritores de la ciudad, los funcionarios de la universidad, los personajes del gobierno, los niños de los colegios, la gente del campo, los ciudadanos notables, en fin, fueron ocho días de tanto amor, que yo llegué a Colombia preguntándome a qué carajos regresaba a mi casa si allí ni me pelaban. A la misma rutina, a la misma lucha de los días repetidos en el calendario. Deprimida.

En ese viaje, una mañana salí a caminar con mi amigo de ésta historia. Nuestra conversación giraba sobre el asunto éste del cansancio, de sentir que no se puede más con la vida. Entonces él me dijo: Y por qué no te declaras “La hermana menor?” Yo lo miré sin entender lo que trataba de decir y él me explicó: Siempre llega un día en que nos toca declararnos “hermanos menores”, dejar que otros se hagan cargo y nos alivien un poco. Nos hagan sentir que les importamos y que mientras nos tomamos un respiro, ellos estarán al frente del cañón vigilantes. Una persona que reemplace esa sensación protectora y paternal de nuestra infancia.

El asunto quedó en el aire por unos días, hasta que regresamos a Guayaquil en grupo para tomar nuestros respectivos vuelos de regreso a casa. Allí una noche, en que casi perdemos la vida por andar de patí locos a las tres de la mañana en pleno centro de la ciudad, solos y con cara de turistas. Después de correr como almas que lleva el diablo para huir de un par de atracadores que nos querían convertir en su platillo del día, y de ver como agarraron a patadas a un pobre transeúnte más despistado que nosotros, Carlos decidió declararse mi “hermano menor”, y yo también decidí hacerlo, comenzando el ejercicio de mi nueva condición inmediatamente llegara a Bogotá.

Han pasado casi 4 años de ésta anécdota. Y mi hermanito menor uruguayo ha emprendido el viaje como los salmones que nadan río arriba, nuevamente a Manta a donde estábamos invitados todos otra vez, yo no pude ir, porque mi papeleo de la visa anda demorado, y él, me escribió una lacrimógena protesta desde Chile, contándome que estaba atrapado en alguna parte de la frontera, pues la cerraron por 15 días y ya no llegaría al encuentro consigo mismo, con la poesía y con ese amor abundante del maestro Hidrovo.

Yo a veces soy una hermana mayor desentendida, que lo deja trepado en la copa del árbol suplicando ayuda. A veces soy amorosa y confiable, preocupada y solícita. A veces desaparezco de sus desastres y no estoy para sus fiebres, otras no lo dejo ni a sol ni a sombra, en fin, así somos los hermanos. Así somos las familias. Así son los verdaderos amores, prometidos y comprometidos aunque lleguen tarde a donde los necesiten y el enfermo ya sea muerto a esas alturas.

“Mortus est ... ya no resollas”. (Uychhh, así decía mi tía Nena cuando yo tenía como tres años, para determinar las cosas irremediables)

Mi querido hermanito, sé que te he tenido abandonado, que he estado lejos de tus noches oscuras, de tus monstruos debajo de la cama. Quisiera estar en el lanzamiento de tu nuevo libro, del que estoy tan orgullosa como tú. Perdóname, ando también persiguiendo lo mío por el mundo, para que una tarde lejana, podamos sentarnos en el patio frutal de tu casa en Montevideo, a tomarnos todo el vino, a darle jaque mate al asado que preparas como el más experto y que aún saboreo en la memoria.

Mis hermanos mayores están lejos y me han dejado solita en medio de esta selva, pero estoy y soy y te quiero todavía, sigue nadando río arriba, que yo voy de regreso y en el camino nos encontramos.

5 comments:

nacho said...

a veces los mejores consejos llegan de las personas mas lejanas , gracias , por tu articulo, llego a mi vida en buen momento. atte NACHO NIETO (musico)

Pilar Romano said...

Has logrado que el lector transite con calma por tu texto -es el ritmo inevitable que le marca- y esto ya sirve. Además, el contenido está buenísimo, de alguna manera nos pone en claro varias cosas y se lee lindo.

Milagros said...

La vida cansa a cualquier edad, cansa luchar para seguir en el camino, cansa ser lo que me tocó: un humano con toda y su dualidad. Pero cansa más quedarse ahí, en ese lugar donde no es el pasado, menos el futuro y trágicamente no te representa el presente que es, puesto que se vive entre el ayer y el mañana. Cansa tirar la toalla, cansa tirar golpes, cansa la noche, cansa el día, pero en algún punto de la vida te encuentras con otro (a) cansado(a) y ambos retoman el camino, por el sólo hecho de no ser el único perdido de su destino. El sol es el mismo para todos, pero diferente el sendero que nos ilumina.

Anonymous said...

Saludos Marta.
Gracias por todo lo importante de tus envios...Adoptè un hrno.mayor...buenisimo

Atte.
Carmen.

Anonymous said...

Querida hermana mayor:Perdona mi retraso en participar de tus letras pero sigo peleando con ese mostruo interior que es mi cerebro y las palabras han venido otra ves a no encontrarme...Te sigo queriendo como el primer dia y gracias. Carlos Arboleda.