Sunday, April 6, 2008

GRACIAS POR TU FUEGO

Pocas veces tenemos el privilegio de encontrar personas que son... cómo decir... una inspiración, una ráfaga fresca que nos toca de frente y nos motiva a ser esa parte nuestra que por más que intentamos, está allá, pegada con cemento en el fondo de nosotros, esa parte genial, libre y auténtica. Gente que uno no ve sino una vez en la vida, como para que nos quede claro que sí es posible alcanzar un estado sublime de uno mismo.

Por fortuna conocí a Ignacio Ramírez. Aunque el verbo “conocer” suena pretencioso en éste caso, pues significaría haber descifrado su esencia, clasificarla, repetir de ella su metodología y estar en capacidad de replicarla en Marta sin dificultad. Y por supuesto, nadie podría replicar a Ignacio, nadie podría “ser” ni “estar” en un presente tan definitivo como él, nadie podría vivir su muerte con tanta gracia y dignidad. Nadie por lo menos que yo conozca, podría estar tan vivo muriendo tantos años.

Este hombre despreció lo que muchos soñaron conseguir: Un trabajo bien pagado, una jubilación para asegurarse la comodidad merecida sin lugar a dudas, una vida sosegada y amorosa en pareja, hijos orgullosos, un perro y una casa con jardín; una camioneta 4x4, una silla para leer en las noches junto al fuego y un buen libro.

Y quizá por despreciarlos en el sentido de que no vivió para conseguirlos, obtuvo mucho más que eso: Varias esposas que lo adoraron y acompañaron a realizar sus sueños, hijos que heredaron su magia y la llevaron más allá de las fronteras, dinero suficiente para entrar y salir de todas partes, comer en todas partes, rumbiar en todas partes, mejor dicho, ser feliz en todas partes. Tuvo por choferes, guardaespaldas y parceros a cuanto amigo le alcahuetió sus locuras; de acompañantes a un harem de amigas que lo admiramos y le secundamos en lo que nuestras mortales naturalezas nos permitieron, tuvo un techo propio en cada pueblo de Colombia y del mundo, un pan en cada mesa y una estrella bien brillante en el firmamento para alumbrar sus noches fuera donde fuera.
A cambio de una vida sosegada, lo aguardó un suceso extraordinario a la vuelta de cada esquina. La virgen se le apareció cada ocho días a concederle un milagro, hasta los ángeles lo sacaron del río de entre las fauces de un cocodrilo para devolverlo sano y salvo a los que lo esperábamos, con ganas de seguirlo en sus correrías mundanas, atareado en la organización de eventos culturales que reunieran lo imposible de reunir: Pintores, músicos, teatreros, poetas, bailarines, cineastas y cuanta alimaña se pegara en el viaje para celebrar el AMOR AL ARTE y por ende a la vida.

Escribió libros, tuvo hijos, de seguro sembró algunos árboles, lo cual quiere decir que cumplió con Dios y con la patria; pero por encima de eso, documentó el mundo desde el cine, la radio, la TV y la prensa durante treinta años o más para sus amigos. Desde su faro virtual CRONOPIOS, nos envió cada mañana esa luz imprescindible para los que a veces nos perdíamos y le enviábamos S.O.S arrojados a ese mar de mensajes que recibía todos los días. Con sus notas corrigió nuestros rumbos, nos dio combustible para seguir, afinó cada corazón hasta dejarlo listo para el siguiente desastre, en fin, nos animó a vivir no solo desde sus palabras sino desde su vida. Apadrinó nuestras locuras literarias. Vio nacer, gatear y muchas veces morir los intentos creativos en cada uno de nosotros, nunca nos dijo “no se puede”, nunca le oímos un “imposible”, nunca recibimos su mentira piadosa cuando le preguntamos que opinaba sobre nuestro trabajo.

Los años pasaron sin saber a qué horas y de un día para otro Ignacio se me murió cuando yo también estaba muriendo; juntos recibimos la muerte de visita en Noviembre, la dejamos merodearnos, olisquearnos y saborearse a sus anchas en la habitación donde cada uno estaba, y se lo llevó a él. Seguro le dijo que lo dejara ir adelante como siempre, para alistarnos el camino, para avisarle a Dios que un día de éstos llegamos y necesita preparar un lugar dónde acomodarnos. Para convocar a los ángeles, los demonios, todo el que quiera venir a recibirnos y festejar, para presentarnos muertos más antiguos que en esta vida no conocimos, pero que no podríamos dejar de conocer como su adorado Julito y tantos otros.

Quizá él y yo nos vimos por última vez a la entrada del túnel, no lo recuerdo bien. Quizá le di ese abrazo necesario para decirle “adiós amigo y gracias por tu fuego”, si es que se puede decir adiós a lo que se nos quedó adentro y vivirá mientras vivamos.
Si es que puede uno despedirse de un milagro, de un ángel o de “el último fantasma feliz” que pasó por esta tierra.

4 comments:

Anna Bolena said...

Hola Martha, soy Anna Bolena, soy colombiana pero vivo en México, la verdad es que soy muy nueva en esto de los bloggs pero debido a que soy escritora mi papá Ramiro Meléndez me paso tu blog y me encataría escribir para ustedes... ojala te pongas en contacto conmigo.
saludos
Anna Bolena Meléndez
bolenita02@hotmail.com

Lauren Mendinueta said...

Marta, a Ignacio lo vi un par de veces nada más. Y, sin embargo lo recuerdo con afecto. Soy del grupo de los que siempre le agradecerá su Cronopios. Cuando lo recibía tenía la ilusión de mantenerme informada sobre la vida cultural en Colombia. Un abrazo para ti,
Lauren

Willcas said...

Marta,
Esa sensación agridulce que deja en nosotros la partida, se torna mas dulce que agria cuando evocamos la obra del marchante. Me adiero a tu sentimiento de admiracion por el personaje que hizo de Cronopios un acto de fé.

Un abrazo desde la distancia
William Castaño-Bedoya

Anonymous said...

Tienes razon Dama ;como lo mencionaste en un blog anterior ,los angeles estan muriendo....dichosos los que conocen y han tratado este tipo de seres humanos , a mi ya me paso y se lo que se siente.
Yo digo que uno nunca se despide de un milagro , ni de un angel , ni de ese fantasma feliz como mencionas....pues todo eso se queda para siempre en las vidas que todo eso marco ; otra ves , a mi ya me paso y se lo que se siente.