Saturday, April 12, 2008

UN VASO DE AGUA EN LA TORMENTA

Esta mañana noté una pequeña mancha sobre el dorso de la mano derecha. Si se mira rápido no se nota mucho, si se vuelve a mirar, es solo una pequeña medialuna de un café sin importancia. La he detallado con el rabillo del ojo varias veces, como si pudiera sorprenderla y preguntarle a quemarropa de dónde diablos saliste, a qué hora o bajo qué sol te dibujaste sin permiso. Y trato de acordarme si ayer en algún momento me quemé, pero no, ayer no prepare nada de cenar, quizá al encender un cigarro pero tampoco, porque el lugar en que se encuentra descarta la inverosímil posibilidad de que así hubiera ocurrido. Además, un delicado pero no menos sospechoso resecamiento de la piel, imaginen esoooo, mi tesoro, el encanto más poderoso que tengo, la gracia que me fue concedida por herencia de las Góngora y las Sepúlveda, matriarcas colosales de las cuales descienden en línea directa y a toda velocidad por mis venas algunos rastros de sangre castellana, azul y literaria.
El problema es que no estoy lista para el momento en que se le haga el milagrito a mi mai Doña Ceci y me llegue la hora del juicio, no concibo la vida sin chicharrones, chocolate, trasnocho ventiado, y definitivamente no he llegado al punto espiritual de intentar la conversión del vino en agua, ni la sumisa y vegetariana disciplina de los iluminados. Todavía mis expresiones de gozo son tan mundanas que nadie me baja de una mesa donde me subo a bailar en una rumba, ni me saca de la disco antes de que empiecen a barrer. Aún pertenezco al partido político del cantante brasilero Roberto Carlos, cuyo credo comparto hasta los huesos y que dice: "todo lo que me gusta, es ilegal, inmoral o engorda".

Mejor dicho, soy testigo indefenso de la peor de mis traiciones. Frente a esto no fue nada mi intento de matrimonio a los 13 con el primer novio que tuve, ni la de los 23 al dejar la práctica final de Leyes cuando solo faltaban cuatro meses para terminarla y graduarme. Ni se le puede comparar con la vez que lo dejé todo para entregarme a la feliz adoración de un hombre del que me enamoré como loca, y tampoco se puede comparar con el día en que lo dejé a él, amándolo como lo amaba para que pudiera descubrir el mundo sin mis obstáculos. No, esto de hoy no se compara con nada, cualquier tropiezo, equivocación, error, desacierto, cualquier mal paso dado en nombre de la disculpa de turno para patearme yo misma la butaca, es pálida frente a lo que me sucede esta mañana.

Acompañado además por un olvido que no me permite recordar si fue el sol, el cigarro, alguna chispa de aceite en la cena de anoche, porque entre otras cosas, así de carrera ni siquiera recuerdo lo que cené, ni si fumé o si el sol vertical de Miami castigó mis manos ayer. En otra época esto sería un simple olvido y la mancha sobre el dorso de mi mano no pasaría de ser algo sin importancia, pero hoy no es así, como no es así nada en la naturaleza cuando las catástrofes se avecinan: No es coincidencia que la brisa no sacuda la perezosa melena de los árboles, ni que los animales comiencen a echarse al piso y las aves despavoridas sean no más un escándalo de picos y de alas si se avecina un terremoto. No es coincidencia que todo se detenga, suspendido en el aire y en el tiempo como si Dios hubiera tomado una fotografía antes de un huracán, cuando todo se muere un momento antes de deplomarse.

Ese olvido hoy y esa mancha en mi mano, son la matemática del desastre, la ecuación de la bomba que Saturno me descarga implacable desde su Olimpo orgulloso. El recordatorio de que polvo soy y en polvo me he de convertir. Entonces qué hago ah? Díganme ustedes que miran este toro venírseme encima sentaditos detrás de la pantalla de sus ordenadores. Cómo pueden consolarme sin recurrir a la trillada música de que “todos vamos para allá no te preocupes”.

Es que yo no quiero. Es cierto que lo años traen cosas increíbles, nos regalan la sumisa sabiduría de los perros viejos que no le baten la cola a todos los huesos, no se botan a perseguir carros furiosos , no corren tras inútiles ciclistas acosados por su furia juvenil. Comprendo que la edad llega y su oleaje nos deja a salvo de las batallas idiotas emprendidas con la mentirosa consigna de “querer es poder” .

En fin, toda una letanía de imponderables que a veces logran hacerme una mejor persona y a veces la peor de todas porque ya no me importa lo que piensen de mi, porque ya aprendí que la desilusión siempre llega a nuestra fiesta, aún sin haberla invitado. Los padres se decepcionan de sus hijos, los hijos de sus padres, los jefes de sus empleados, descubrimos la mortal verdad de que el amor también se enferma y muere como todo en la vida, pero de esas cosas siempre podemos echarle mano a la solución más vieja: La culpa la tienen los otros. En cambio esta manchita es el recordatorio de mis propias traiciones que son las peores, que vaina.

Saben? Pensándolo bien no me hagan caso se me ocurre que exagero, es posible que sea solo un simulacro. Es probable que el cuerpo también tenga que revisar de vez en cuando sus alarmas y me haya dejado ver esa mancha para disparar mis contingencias, para asustarme y obligarme a empavonarme la cara todas las noches de crema verde y ponerme rodajas de pepino sobre los ojos. Para preocuparme de tal forma que entre en pánico y me ponga juiciosa con la comida sana, las jaculatorias a la virgen del Agarradero o al santo de moda para intervenir por mí en estos casos allá arriba. Mientras lo averiguo quiero dejar una constancia en este blog: Por si acaso, dono mis ojos a los que me aman, los entrego desde ahora con papeles y todo, para que sea su amor el que me mire cuando el tiempo pase en el espejo, porque como el amor es ciego, “ojos que no ven.... aquí no ha pasado nada”.

8 comments:

Anonymous said...

Consuelame que yo te consuelo , sera ese uno de los capitulos en la vida de todos los seres que habitamos en este planeta ? o sera que no somos capaces de enfrentar o consolar en ocaciones a algo que no esta en nuestras manos hacer o modificar ? ,tristemente es verdad o falso ?, aqui no ha pasado nada.
Hay personas que viven aun mas cuando ya no estan fisicamente y esas son las personas que nunca mueren aunque pasen mil años.
Tu lo veras....tu lo veras desde algun lugar que seras una de esas personas de las que estoy mencionando.
Pero de que estamos hablando ? si no te vas a ir....

Anonymous said...

Esos ojos ? es el mejor regalo que nos puedes regalar a todos Dama , porque en ellos vemos tu alma , tu ser , tu esencia ; y solo los que hemos tenido la dicha y la fortuna de haberte conocido sabemos de lo estoy hablando .

Anonymous said...

"Consuelate como yo que yo tambien tuve un amor, y lo perdi..."
Que estas estrofas del inmortal Arcenio Rodriguez te acompañen en este dia.Y al que no conozca a Arcenio, Que lastima, "El Son es lo mas sabroso para el alma divertir...".Carlos Anibal.

Marjorie Ross said...

Ay, Marta! A juzgar por tus últimas columnas, me pregunto:
¿Será que de estos días en adelante deberé seguirte leyendo con la botellita sagrada de Agua del Carmen de las Carmelitas descalzas al alcance de mi corazón?
Es la única que me queda, de la reserva del último viaje a España, porque aquí se prohibió hace años su venta, dada la alta cantidad de alcohol en la que las monjitas maceraban hojas de melisa, flor de manzanilla, hojas de hierbaluisa, inforescencias de tilo, corteza de canela de Ceilán, raíz de ángelica y mucho más, para calmar el ánimo de las féminas (así, con estereotipo de género), cuando atraviesan circunstancias adversas.
En mi familia, la consumía mi madre y antes su abuela...Es mi mantra particular, que reservo para momentos en que las letras ajenas -escritas o pronunciadas- se me quedan atascadas como lechuga en la garganta.

¿Una sola mancha en la mano? Deseo leer tu sorpresa ante ella como un rasgo de justa vanidad, como lo hubiera visto si nos lo hubieras comentado en octubre pasado.
Acabo de examinar las mías -después de un sorbito del agua milagrosa. A los sesenta y dos, y blanca chele, ya han pasado a la categoría de pecas y no distingo las nuevas de las viejas.

Uno de esos sincronismos cotidianos: justo ayer me encontré con un remedio tropical para blanquear la piel, que usaban las costarricenses de la Colonia: las cubrían por una semana con jugo de marañón. Primero se ponían totalmente negras, dice el cronista, "pero no había que asustarse". Luego se lavaban y aparecía una piel de una blancura pasmosa.
Dice el oráculo que deberás esperar a cumplir al menos sesenta y dos para verte pecosa.
Mientras tanto y salvo prueba en contrario, veamos esa manchita como una prematura “señal de edad”, como les dicen eufemísticamente los dermatólogos.
Para conjurarla, ¿tenés proveedor de marañones?
Un abrazo con mi creciente admiración y mi cariño,
Marjorie

Francisco José Peña Rodríguez said...

Enhorabuena por tu Blog. Un abrazo, Francisco

Serpiente Roja said...

hay que empezar por una despigmentacion cerebral martica haber si se desmacula por que le estas encontrando excusas a la mente en una piel que festeja una orgia de sol

Anna Bolena said...

Martha! me encantó, está muy divertido y muy cierto... aigue mandándomelos por fa
besos
Anna Bolena

Anonymous said...

Amiga Marta, estoy sorprendido y encantado primero de tu persona y segundo del talento y la belleza de tu Blog y si te estuviera viendo te diría que:
"cada uno de mis ojos esta celoso el uno del otro al contemplar la belleza que ante ellos se impone".

Mis respetos y te felicito.

ZORROBLANCO.