Por fortuna conocí a Ignacio Ramírez. Aunque el verbo “conocer” suena pretencioso en éste caso, pues significaría haber descifrado su esencia, clasificarla, repetir de ella su metodología y estar en capacidad de replicarla en Marta sin dificultad. Y por supuesto, nadie podría replicar a Ignacio, nadie podría “ser” ni “estar” en un presente tan definitivo como él, nadie podría vivir su muerte con tanta gracia y dignidad. Nadie por lo menos que yo conozca, podría estar tan vivo muriendo tantos años.
Este hombre despreció lo que muchos soñaron conseguir: Un trabajo bien pagado, una jubilación para asegurarse la comodidad merecida sin lugar a dudas, una vida sosegada y amorosa en pareja, hijos orgullosos, un perro y una casa con jardín; una camioneta 4x4, una silla para leer en las noches junto al fuego y un buen libro.
Y quizá por despreciarlos en el sentido de que no vivió para conseguirlos, obtuvo mucho más que eso: Varias esposas que lo adoraron y acompañaron a realizar sus sueños, hijos que heredaron su magia y la llevaron más allá de las fronteras, dinero suficiente para entrar y salir de todas partes, comer en todas partes, rumbiar en todas partes, mejor dicho, ser feliz en todas partes. Tuvo por choferes, guardaespaldas y parceros a cuanto amigo le alcahuetió sus locuras; de acompañantes a un harem de amigas que lo admiramos y le secundamos en lo que nuestras mortales naturalezas nos permitieron, tuvo un techo propio en cada pueblo de Colombia y del mundo, un pan en cada mesa y una estrella bien brillante en el firmamento para alumbrar sus noches fuera donde fuera.
A cambio de una vida sosegada, lo aguardó un suceso extraordinario a la vuelta de cada esquina. La virgen se le apareció cada ocho días a concederle un milagro, hasta los ángeles lo sacaron del río de entre las fauces de un cocodrilo para devolverlo sano y salvo a los que lo esperábamos, con ganas de seguirlo en sus correrías mundanas, atareado en la organización de eventos culturales que reunieran lo imposible de reunir: Pintores, músicos, teatreros, poetas, bailarines, cineastas y cuanta alimaña se pegara en el viaje para celebrar el AMOR AL ARTE y por ende a la vida.
Escribió libros, tuvo hijos, de seguro sembró algunos árboles, lo cual quiere decir que cumplió con Dios y con la patria; pero por encima de eso, documentó el mundo desde el cine, la radio, la TV y la prensa durante treinta años o más para sus amigos. Desde su faro virtual CRONOPIOS, nos envió cada mañana esa luz imprescindible para los que a veces nos perdíamos y le enviábamos S.O.S arrojados a ese mar de mensajes que recibía todos los días. Con sus notas corrigió nuestros rumbos, nos dio combustible para seguir, afinó cada corazón hasta dejarlo listo para el siguiente desastre, en fin, nos animó a vivir no solo desde sus palabras sino desde su vida. Apadrinó nuestras locuras literarias. Vio nacer, gatear y muchas veces morir los intentos creativos en cada uno de nosotros, nunca nos dijo “no se puede”, nunca le oímos un “imposible”, nunca recibimos su mentira piadosa cuando le preguntamos que opinaba sobre nuestro trabajo.
Los años pasaron sin saber a qué horas y de un día para otro Ignacio se me murió cuando yo también estaba muriendo; juntos recibimos la muerte de visita en Noviembre, la dejamos merodearnos, olisquearnos y saborearse a sus anchas en la habitación donde cada uno estaba, y se lo llevó a él. Seguro le dijo que lo dejara ir adelante como siempre, para alistarnos el camino, para avisarle a Dios que un día de éstos llegamos y necesita preparar un lugar dónde acomodarnos. Para convocar a los ángeles, los demonios, todo el que quiera venir a recibirnos y festejar, para presentarnos muertos más antiguos que en esta vida no conocimos, pero que no podríamos dejar de conocer como su adorado Julito y tantos otros.
Quizá él y yo nos vimos por última vez a la entrada del túnel, no lo recuerdo bien. Quizá le di ese abrazo necesario para decirle “adiós amigo y gracias por tu fuego”, si es que se puede decir adiós a lo que se nos quedó adentro y vivirá mientras vivamos.
Si es que puede uno despedirse de un milagro, de un ángel o de “el último fantasma feliz” que pasó por esta tierra.










