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Wednesday, September 3, 2008

EL ATICO DE LOS POETAS

A partir de hoy, es un honor para mí ceder este espacio a la Casa de Poesía "Porfirio Barba Jacob" de Medellín. Desde "el ático de los poetas" como he decidido bautizar su participación, leeremos con regularidad a poetas del tamaño excepcional de Edgar Trejos, Cecilia Muñóz, Claudia Trujillo y todos los habitantes de un lugar en donde el poema no tiene color político, ni precio, ni condiciones, donde la poesía florece porque si, porque no hay remedio y porque se ha convertido en lo que debe ser: La más profunda expresión del alma. Y en virtud de ello, no será este blog sino la ventana por la cual ustedes vean el paisaje literario que ellos decidan mostrarnos.

Una vez al mes, serán los dueños de este pequeño territorio soberano en donde nos contarán lo que quieran, espero que ustedes que han sido magnificos conmigo, los acojan, participen y disfruten de su maravilloso aporte.


EPITAFIO ENCONTRADO EN EL CEMENTERIO
“PBRO. PABLO VILLEGAS GIRALDO” DE ENVIGADO


TIEMPO ACTUAL
Quiso escribir un drama: Largos años estudió en La Débora aferrado a una inútil dedicación que lo llevó a ninguna parte, él mismo fue actor y director de su propio drama, enclaustrado en esas aulas de miedo donde sólo perdía su virginidad intelectual día tras día sin gloria alguna que reivindicara su fatigoso devenir. Dijeron que se creía Shakespeare.

Quiso escribir una novela: Iba mucho a la casa de la cultura donde se imaginó genio desconocido, truhán, gestor cultural, depredador de ficciones, ileso terrorista siempre de imaginarios increíbles, salvador incansable de la precaria situación de las artes en su dulce parroquia, diletante artista obsesivo en innúmeras aventuras, hasta que perdió la fe en su futuro porque allí, respirando aires de oficina entre graves matronas que vegetaban a la espera de la iluminación nominal nada alentaba su destino insigne. Dijeron que se creía Proust.

Quiso escribir un cuento: Pasaba horas y horas perdido en silenciosas lecturas en la biblioteca maquinando a la vez imaginarias encerronas que resultaban ciertas al siguiente día. Sumido todo en un silencio ondeante y sudorosos delirios, imaginaba incansable ser el único héroe existente, después del gran desobediente civil nunca tenido en cuenta pero reconocido al cabo de los años aunque sus libros se leyeran poco en la Magna ciudad de las vigas, para la ardua y alta vida literaria a la se creía destinado por tradición y legendario pasado. Dijeron que se creía Chéjov.

Quiso escribir un poema: Fungía ser un perfecto indiferente o sublime emocionado en otra parte, siempre en otra parte de sus territorios íntimos, despierto conversador acomodado en las atestadas bancas del parque, paseante empedernido hundido en el rigor de estas calles bajo el sol de los desempleados, soñador inveterado de lejanas tierras a fin de hallar un día no lejano una patria más benigna con sus Hombres Ilustres y él lo era, sin duda, por vocación, irresistible encanto y espíritu de elevadas y nobles y estéticas producciones poéticas. Dijeron que se creía Barba Jacob.

Quiso escribir una carta: Merodeaba expectante las oficinas de los concejales del alcaldía a la espera de alguna migaja de los presupuestos participativos que bendijera y de paso cambiara la malhadada suerte, la marginación social de sus vecinos de zona. Dijeron que se creía Bolívar.

Quiso escribir un diario: Tardes y noches se engolosinaba en la tienda de los necesitados artistas, esos eternos desadaptados, acodado en esas mesas de tristeza a la luz de inextinguibles tintos, rones, cervezas, con émulos de intelectuales del gay saber y féminas de diversa estirpe que nunca le prodigaron el goce de su piel de amaranto, ese bronceado especial que no sólo a él enloquecía, logrado en las playas del Salado, en realidad el encandilamiento mayor que deseaba registrar, se sabe, para la posteridad de sus exiguas notas personales. Dijeron que se creía Pavese.

Quiso escribir una despedida: En realidad no asistía a evento cultural alguno. Era un funcionario de raras fobias, orgulloso de su escarapela oficial de tiempo libre permanente y sólo tenía como ocupación importante la participación ciudadana a la que debía su vida en vida de notable desocupado. Dijeron que se creía Cervantes.

Dejó de escribir: Nunca se leyó en verdad nada suyo digno de mención. Lo olvidaron las furiosas consejas en las tertulias de vecinos, las anodinas conversaciones de los amigos en los bares, las amigas de felino danzar lo olvidaron porque a ninguna prodigó placer ni pasarelas, lo olvidaron las estampillas procultura, prosalud, proempleo, prosueños dignos con algún asidero para los desconocidos escritores nunca tenidos en cuenta y a los que nunca se les concedió nada que valiera la pena en la gran villa de inigualable calidad vital, lo olvidaron la dirección de cultura general, la alcaldía por la que tantas veces votó y ovacionó. Todos lo olvidaron, el tiempo lo olvidó. Dijeron que se creía Rimbaud.

Quiso escribir un epitafio: Pero no tuvo tiempo. Lo demoraban sin remedio sus aspiraciones políticas…

Sunday, May 11, 2008

PLEGARIA

Madre,
mi perro amaneció muerto y nadie me explicó porqué
mi pueblo es un montón de escombros
y mi ángel de la guarda
quedó pegado en la pared de la alcoba que ya no existe

Porqué todos están callados?
A quién puedo preguntarle por los dias que perdimos
por los surcos que ya no sembraremos
por la escuela
por las palomas que espantadas se fueron de la ceiba

Madre,
tengo un miedo nuevo en el pecho
una rabia sorda en los oídos
una queja muda en la boca
una pregunta sin respuesta en las manos

Enséñame una forma segura de escapar a la tortura de tus ojos vacíos
júrame que tu amor no saltará en pedazos como nuestra casa anoche
cántame antes de dormir una canción con futuro
regálame un motivo para no querer vengarme cuando sea hombre

Tuesday, April 29, 2008

EL MAPA SIN TIERRA DE UN POEMA

De Joaquín Gálvez conocí primero su poesía, me la tropecé entre ese planeta de papel en que vivo y que persigo todos los días en las librerías. Como siempre buscaba algo que me sacudiera el alma, algo que alimentara el hambre insaciable de combustible para continuar la tarea de escribir. Al leerlo se me llenó la cabeza de palabras, los dedos me picaron desesperados por encontrar algún teclado, un pedazo de papel en blanco, un lápiz, algo para dejar salir la emoción que me produjo. Por no tener a mano nada que sirviera, no tuve más remedio que atacar su libro “ALGUIEN CANTA EN LA RESACA” llenarlo de notas, contradecirlo, criticarlo, admirar su genial manera de decir lo que yo tenía por dentro. Esto es lo que genera siempre un buen escritor, no en vano decía Borges que lo primero que nos surge un momento así, es envidia de la mala al pensar ¿cómo diablos dijo él exactamente lo que yo quería decir y no he podido?

Enseguida lo llamé, me presenté y le dije que lo quería conocer. Me contó de su poesía, de su vida, porque uno escribe lo que vive. Me habló de su Cuba del alma, de sus amigos, me prestó los binóculos con que mira el mundo más de cerca. Me dio las coordenadas donde encontró sus poemas, me mostró el tamaño de sus heridas y la dimensión de su talento. Pero todo me lo dijo como si no me dijera nada, como si nada de ello revistiera gran importancia, porque en realidad las cosas importantes de la vida parecen insignificantes. Me leyó con esa voz intima con que se comparte un misterio, algunos de los borradores de su nuevo libro que yo sentí verdadero y profundo. Ahora al regresar a Miami, y salir de cacería entre los libros, me encuentro con su TRILOGIA DEL PARIA ya publicada. Al abrirla recibí lo que esperaba: Un knock-out directo al mentón en los dos versos iniciales de su primer poema…

"Señores, hace cien días que mi pecho no es catástrofe.
Se está celebrando una peregrinación en cada latido
”.

Y de inmediato encontré mi paria interno aullando a gritos por la misma hecatombe, porque solo los desastres crean el poema. Y recorrí su trilogía geográfica con afán de descubrir las latitudes secretas que me situaran en el mismo naufragio, en el mismo dolor por el amor perdido, en el mismo surco de la trinchera en donde Joaquín enterró sus ilusiones. Y me vi recitar la misma súplica por una crisis que remueva lo felizmente estático y saque a flote lo inestable y cambiante que al final es lo único que puede moverse de su sitio y crecer.

Visité la isla donde quedó la inocencia despilfarrada por la euforia de su amor multimillonario y obsequioso, con una cuenta de ahorros rebosante de lluvias, y un corazón estudiante, ávido de palabras nuevas para publicar a los cuatro vientos sus ganas de vivir. Lo seguí a New Jersey para conocer cómo se hace poesía debajo de la tierra y aprendemos a ser verdad en ella y no un remedo de hombre. Allí descubre Joaquín motivos con que seguir, aprende algo difícil para la mayoría de exiliados: Que el horizonte es su verdadera casa, que un poeta no tiene fronteras, ni nacionalidades, que no hay cómo atrapar su alma viajera ni cómo ponerle condiciones. Y por esa ruta de luz lo reencontré en una librería de Miami, donde se declara hijo bastardo de Norteamérica que aprendió a cantarse a si mismo y que por su misma condición se decreta hijo legítimo de este mundo. Donde nos regala una predicción que no quiero contarles pero espero que conquisten.
A este territorio confluiremos inexorablemente por su poesía todos sus lectores. A la tierra de los Parias, un lugar común y extraordinario donde nos sabremos tan bastardos como él, y tan legítimos como sus poemas.